El declive de la producción artística
en El Raval de Barcelona
Jeffrey Swartz
Del llbro Hospital 106 4rt 1a. El lloc
i el temps
de Isabel Banal y Jordi Canudas. 2006
La presencia de talleres de artistas en el barrio
de El Raval y la evolución de estos espacios durante las
pasadas tres décadas refleja los procesos que se han repetido
en otras ciudades del mundo, desde que la autonomía artística
—entendida como libertad del mecenazgo directo y autogestión
de la carrera artística— se consolidó hace unos
cien años. El esquema que hace que el artista busque un estudio
grande y con mucha luz en un centro urbano y cosmopolita, aprovechando
los precios bajos de los espacios industriales que quedaban vacíos
debido a los cambios en los modos de producción, se ha venido
observando en ciudades como París, Londres, Berlín,
Nueva York o Toronto, entre muchas otras. De la misma forma, hemos
visto como la presencia de artistas en barrios degradados ha servido
para crear un entorno social, que podríamos llamar ambiente
artístico, caracterizado por traer aparejados fenómenos
tales como galerías, bares, restaurantes, tiendas de moda
y diseño, un corolario que, a su vez, sirve para rejuvenecer
zonas deprimidas de la ciudad.
La revitalización urbana en torno a la presencia
de artistas ha sido responsable en buena parte de la consecuente
reacción en forma de subida de precios y operaciones inmobiliarias
especulativas, y ha captado la atención de los funcionarios
municipales, ávidos de conectar el barrio, tan vibrante desde
el punto de vista cultural, con las campañas para promocionar
y mejorar la imagen de la ciudad. Por lo tanto, los artistas han
sido participantes —a veces como víctimas, otras como
agentes activos— de este proceso, lo que en inglés
se llama gentrification. El término, derivado de gentry (históricamente
significaba la clase justo por debajo de la nobleza; actualmente
se refiere a la alta burguesía propietaria de tierras) se
asocia ahora con la creación de barrios urbanos de moda.
Estas comunidades urbanas se han vuelto demasiado caras para las
nuevas generaciones de artistas, que, en todo caso, se topan con
que el viejo tejido industrial ha desaparecido para dar paso a viviendas
más costosas. De modo que el barrio revitalizado no sólo
es más caro sino que ha perdido buena parte de su diversidad
arquitectónica, se ha vuelto un lugar menos plural, en cuanto
a uso, y se limita ahora a albergar viviendas y comercios a pie
de calle para atender tanto a los residentes como a los visitantes
de fuera, incluidos los turistas. Por lo tanto, los artistas no
sólo se han visto excluidos de estas zonas, sino que ya no
encuentran en ellas el tipo de espacios que buscaban tradicionalmente
para sus talleres. El ejemplo histórico más famoso
es el proceso de Montmartre, en París, i la muestra más
clara de las últimas décadas es la del Soho de Nueva
York, que ha perdido su identidad —consolidada apenas en los
ochenta— de barrio en el que imperaba el ambiente artístico.
El Raval de Barcelona, el barrio al que está
dedicado el proyecto de este libro, sólo encaja de forma
parcial en el esquema descrito. Tiene sus características
específicas propias que lo hacen único, aunque no
contradicen ninguna de las premisas fundamentales del modelo. Asimismo,
el período de transición ha coincidido con un fenómeno
más reciente: el declive del taller convencional.
Cuando en 1993 empezamos con la iniciativa de los
talleres abiertos (Tallers Oberts) en Ciutat Vella, la tercera parte
de los artistas participantes tenían sus estudios en la calle
Riereta, y la mitad ocupaban espacios industriales en desuso en
toda la zona. Cuando los autores de Hospital 106, 4t 1a empezaron
su proyecto, en 1995, estas estadísticas eran más
o menos las mismas. Ahora resulta evidente que ese período
fue el canto del cisne del taller artístico tradicional de
los viejos barrios de Barcelona.
Retrospectivamente, vemos que Hospital 106, 4t 1a
no sólo se anticipó a los cambios radicales de planificación,
resumidos en la política de “esponjamiento” (esponjament),
que ha alterado —algunos hablarían de “cicatrizar”—
la imagen residencial del barrio, sino que también se puso
en marcha en un momento en que la vergüenza e incluso el desprecio
por el pasado industrial de la zona pasó a oficializarse
en los más alto niveles del departamento de planificación
urbanística (actitud llevada a extremos aun mayores en el
Poble Nou y Diagonal Mar). Los autores de Hospital 106, 4t 1a son
testigos vivientes de sus consecuencias, expulsados del edificio
de Riereta 37 que ocupaban desde mediados de los ochenta junto con
la mayor concentración de artistas plásticos reunidos
en un solo domicilio de Barcelona. El principio del fin, un final
prolongado y cargado que todavía estamos viviendo.
Lo primero que hemos de observar es que el Raval
no se ha “librado” completamente de la presencia de
talleres de artistas en antiguos edificios industriales, a pesar
de que son cada vez más raros: da la casualidad de que yo
mismo tengo mi propio taller en un espacio de este tipo, compartido
con artistas plásticos. Sin embargo, el puñado de
resistentes que, como yo, quedamos, somos conscientes de tener los
días contados, que nos llegará la hora, ya sea por
un aumento de los alquileres o por una decisión municipal
que entregue nuestros antiguos espacios industriales a los intereses
inmobiliarios. También es cierto que el Raval no se ha convertido
en un barrio exclusivo de la ciudad, aunque algunas de sus partes,
como el “pequeño Eixample del Raval”, construido
sobre el solar del viejo Convento del Carmen, están definitivamente
en ascenso. El barrio, en realidad, sigue albergando gran cantidad
de pobres, muchos de los cuales descienden de aquellos catalanes
de clase trabajadora que se instalaron en el lugar antes incluso
de la industrialización de la década de 1830. El factor
de la inmigración reciente, como la procedente de Marruecos,
Filipinas o Pakistán, garantiza la continuidad de la marginación
—social cuando no meramente económica— al menos
durante otra generación, sobre todo porque algunos inmigrantes
han comprado pisos en el barrio. A diferencia del Soho, por ejemplo,
el Raval no se ha convertido en una zona completamente chic ni completamente
inculta, aunque su futuro tampoco se ha concebido en función
de las necesidades de los artistas en activo.
Al mirar atrás, ahora nos damos cuenta de
que a mediados de los noventa se produjo también el comienzo
de la digitalización del arte, reforzado por las posibilidades
de Internet. Aunque es cierto que algunos artistas creaban en espacios
de trabajo pequeños mucho antes de ese período (especialmente
aquellos que podían trabajar desde una mesa, como los fotógrafos,
los cineastas experimentales y otros dedicados a la reproducción
mecánica en dos dimensiones), la atracción por los
medios artísticos digitales y la legitimación de Internet
como soporte final llevó a muchos creadores a apartarse de
sus prácticas pictóricas o escultóricas, ya
fuera de forma permanente u ocasional. Por lo tanto, algunos artistas
abandonaron sus talleres tradicionales por propia elección.
Sin embargo, tampoco podemos negar que muchos otros, ante la imposibilidad
de encontrar o pagar talleres tradicionales (sobre todo los reacios
a dejar el ambiente de la metrópolis) se vieron, hasta cierto
punto, obligados a abandonar la pintura o la escultura por los formatos
digitales. El respaldo teórico a los nuevos medios artísticos
y la normalización resultante en cuanto a apoyo comercial
privado y de los museos han significado que tales decisiones no
se hayan considerado un retroceso. Además, aquellos que insisten
en crear en grandes formatos han encontrado la manera de preparar
los proyectos como modelos virtuales y encargar la producción
de la obra final a terceros, siempre que la financiación
de un museo o una galería lo permita.
A pesar de estos cambios, a los artistas les sigue
resultando atractiva la idea de un taller-loft amplio y luminoso
en un contexto urbano. Los creadores de mucho éxito sencillamente
pueden comprar esos espacios, aunque la propiedad de esos talleres
en un barrio urbano de moda es ahora, en buena medida, sinónimo
de las generaciones mayores, de aquellas que pudieron comprar ante
del “boom”, o de artistas más jóvenes
de elite. Otra posibilidad para los creadores es trasladarse del
centro de las ciudades a barrios de la periferia para encontrar
una mezcla de encanto latente y precios más bajos (como ha
pasado con el Williamsburg de Brooklyn) u optar por cambiar completamente
de ciudad, siempre y cuando haya un acceso fácil a la capital
artística (Leipzig y Dresden en Alemania, Marsella en Francia).
Ninguna de estas dos posibilidades se ha convertido en realidad
para los artistas que tienen en Barcelona su referente artístico:
las posibilidades del Poble Nou se han visto frustradas por la eliminación
de sus espacios industriales o por su recalificación para
las industrias de alta tecnología como parte del plan 22@;
ningún otro centro urbano de Cataluña ha demostrado
ningún atractivo para los artistas de Barcelona. Ni el Raval
ni ningún otro barrio de la ciudad pueden calificarse de
lugares en los que trabaje o intervenga un gran número de
artistas, lo que contribuye a dar la impresión de que la
cuestión, en Barcelona, está en un paréntesis.
Barcelona, septiembre de 2005
Jeffrey Swartz. Es crítico de arte y comisario de exposiciones.
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